La pizzería inadvertida de Balvanera
**Roberto "Beto" Pizarro** vivía en un antiguo edificio de **Balvanera, Buenos Aires**. Su departamento era un clásico: techos altos, pisos de pinotea que crujían con melancolía y una humedad que combatía con fe. Una noche de insomnio, Beto notó algo inusual. La pared junto a su cama, detrás del viejo placar empotrado, emitía un calorcito reconfortante y, más importante, un aroma glorioso a orégano, mozzarella fundida y masa al horno de barro. No era un calor normal. Era el calor de la **promesa**.
Intrigado, desmanteló el placar y golpeó la pared. ¡Sonido hueco! Usando un martillo y un cincel (que en realidad era el destornillador que usaba para arreglar la canilla que goteaba), Beto hizo un agujero del tamaño de una boca de lobo. Y allí estaba: la pared vecina era, increíblemente, la parte trasera del mismísimo horno de **"El Muzzarelón"**, una pizzería de culto en la cuadra. El agujero daba justo a la base de ladrillos refractarios, donde las pizzas reposaban antes de ser cortadas.
El primer acto de Beto fue puro **pragmatismo porteño**: deslizar la mano con un tenedor largo y robar un trozo generoso de **fainá** recién hecha. Era manjar de dioses, gratis, a domicilio. Selló el secreto con un cartón grueso, cubierto con una foto de Sandro para disimular, y se dedicó a la vida de glotón clandestino.
(La Ambición de Lady Analía)
El secreto duró un mes, hasta que su esposa, **Analía**, notó que Beto había pasado de ser un hombre que cenaba galletitas de agua a un tipo que olía permanentemente a longaniza y salsa de tomate.
—¿Roberto, qué escondés detrás de Sandro? ¡Y no me mientas con que es el tesoro de San Martín! —espetó Analía, con esa voz que hacía temblar las cornisas.
Beto, sintiéndose un poco como Macbeth justo antes de confesar la puñalada, reveló el agujero y sacó, triunfante, media porción de napolitana con jamón.
Analía no gritó, no lo retó. Su mirada se iluminó con el brillo del oro.
—¡Beto! Esto no es un agujero, **es una mina de oro** —declaró. Su voz, ahora, tenía el timbre seductor de la **ambición pura**. —Olvidate de robar, ¡vamos a **vender**! Les robaremos las pizzas a los clientes de al lado y las venderemos más rápido y más baratas. Seremos Pizarro y Pizarro: **los dueños del horno que nadie tiene**.
Analía, nuestra propia Lady Macbeth de Balvanera, lo había convencido. El crimen, en este caso el robo de pizzas al por mayor, era el camino a la riqueza.
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(El Fenómeno de la Pizza "Instante")
Al día siguiente, Analía colgó un cartel ridículo en la puerta: **"Pizzería EL INSTANTE – Entrega inmediata desde nuestro horno especial"**. El truco era simple y de una audacia genial: cuando un cliente pedía una pizza, Beto metía la mano en el agujero y sacaba **la pizza que la pizzería de al lado acababa de terminar para uno de sus propios clientes**.
Lo increíble fue que el público porteño lo aceptó, y hasta lo celebró.
(Episodio 1: La Muzzarella Inesperada)
Llamó un cliente por teléfono:
—Hola, El Instante. Quería una pizza **Calabresa**, por favor. Que pique.
—Un momento, joven, la estoy sacando del horno **justo ahora** —dijo Beto, metiendo la mano.
Lo que Beto sacó fue una **Muzzarella con huevo duro**.
—¡Aquí tiene! Una Muzzarella con huevo. —anunció Beto al cliente que ya estaba en la puerta.
El cliente miró la pizza, miró a Beto, que transpiraba la gota gorda.
—Pero yo pedí una Calabresa...
—¡Ah! Pero esta es la **Muzzarella Sorpresa del Chef**. Es una innovación. La masa está crujiente porque se hace con **técnicas ancestrales de horneado en flujo continuo**. Se la lleva, joven, está **recién salida**.
El cliente dudó, la olió, y se fue feliz:
—¡Qué grande! ¡Ni en Nueva York! ¡Es la **pizza espontánea**! ¡Volveré por otra sorpresa!
(Episodio 2: La Fainá Fría)
Una señora mayor entró y pidió un porción de **fainá**. Beto metió la mano y sacó un trozo de **pizza de anchoas**.
—Disculpe, muchacho. Pedí fainá.
—¡Justo a tiempo, señora! La **Fainá Inversa**. Es un concepto. Fainá es la base y la pizza es el topping. Se come al revés. Le aseguro que está **fría** para realzar el sabor del... del... ¡del mar!
—¡Ay, qué moderno! Ustedes los jóvenes inventan cada cosa... Bueno, dele. Y tráigame dos porciones de esa cosa del mar que es fainá.
Los clientes de "El Instante" no se enojaban por la equivocación; al contrario, la tomaban como una **vanguardia gastronómica**. Beto era el genio de la **Pizza Cíclica**, el que vendía la pizza que tocaba, y la gente hacía cola por la incertidumbre. El Muzzarelón, en cambio, estaba volviéndose loco porque las pizzas desaparecían antes de llegar a la mesa.
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(El Maestro Pizzero al Ataque)
Una noche, Beto estaba en la cúspide de su faena, moviendo el brazo con soltura cual pescador experimentado. El Muzzarelón había tenido una orden gigante y el horno estaba rebosante.
—Dale, Beto, ¡traeme la fugazzeta rellena! ¡Es la más cara! —le gritó Analía desde la caja, contando billetes con fervor.
Beto se concentró. Metió su brazo hasta el hombro en el agujero, palpando con avidez la fugazzeta.
Pero, del otro lado del agujero, **Don Carmelo, el maestro pizzero de El Muzzarelón**, había estado vigilando. Cansado de que sus creaciones se esfumaran, se había pegado al horno, acechando en la penumbra de su local.
Cuando sintió la presión del brazo ajeno, Don Carmelo, un hombre de setenta años con bíceps forjados por décadas de amasar, gritó con la furia de un cíclope al que le roban la oveja:
—**¡CON QUE SOS VOS EL LADRÓN DE MUZZARELLA, VECINO DE MIER...!**
Y sin dudar, le sujetó el brazo a Beto con ambas manos, gritando: **"¡A ver si te atrevés a robarme la fugazzeta ahora!"**
Beto, del otro lado, gritaba de dolor y pánico:
—¡**SUELTE, MAESTRO! ¡ES UN ERROR! ¡SOLO BUSCABA UN CHORIPÁN QUE SE ME CAYÓ!**
—¡CHORIPÁN EN MI HORNO DE PIZZAS, GIL DE LEY! ¡A MAMARLA!
Don Carmelo, con una precisión digna de un lanzador de cuchillos, tomó la **pala pizzera** y la usó para golpear suavemente (pero repetidamente) el codo de Beto, que seguía atrapado. Beto aullaba como perro callejero.
Analía, al oír el escándalo, se acercó, vio a su esposo con medio cuerpo dentro de la pared, y reaccionó con la calma de la negociadora:
—¡Disculpe, Don Carmelo! ¡Es mi esposo, es un sonámbulo! ¡Cree que el horno es la heladera!
—¡Y yo soy Pavarotti, señora! —rugió Don Carmelo, dando un último *palo* al codo de Beto.
Finalmente, Don Carmelo aflojó el agarre, Beto se desplomó en el suelo, magullado y humillado, y la fugazzeta rellena quedó a salvo en el piso del Muzzarelón. El negocio, por supuesto, terminó esa misma noche.
El Final (y el Principio)
Analía, con el dinero ahorrado (porque, a pesar de todo, habían ganado una buena fortuna) decidió que era hora de **empezar de cero**.
—Hay que reubicarse, Beto. No hay que ser previsible. El crimen es una carrera, y nosotros ya hicimos una maestría.
Se mudaron al elegante barrio de **Belgrano**, lejos del calor del horno y de la ira de Don Carmelo, que nunca supo quién era su vecino ladrón.
Una noche, Beto estaba desempacando la cafetera, en su nueva habitación minimalista. Analía ya dormía. Beto se acercó a la pared, apoyó la oreja con escepticismo... y sintió un **calorcito familiar**. Y luego, un aroma.
No era orégano. Era levadura fresca, manteca y masa de pan.
Beto se arrodilló y murmuró, con una sonrisa entre el terror y la resignación:
—**Analía... creo que nuestro nuevo vecino tiene una panadería. Y mi mano ya está extrañando un buen vigilante...**
La historia se había cerrado, solo para prometer que en Buenos Aires, si la riqueza llama, siempre hay un agujero en la pared listo para ser explotado.
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