La paradoja de Villa Pardo
**Ramón de los Llanos** no era un hombre de grandes aspiraciones, sino de grandes realidades perrunas. Había nacido y crecido en **Villa Pardo**, un paraje minúsculo en el centro de la provincia de Buenos Aires, casi un error geográfico, con apenas cien almas y un detalle peculiar: en Villa Pardo **no había perros**.
Nadie sabía bien por qué. Algunos decían que la tierra era ingrata, otros que el sonido de las campanas de la vieja iglesia los ahuyentaba. Lo cierto es que, con el tiempo, la gente de Villa Pardo había adoptado la costumbre de llenar ese vacío existencial, ese hueco en el orden natural de las cosas: **trabajaban de perros**.
No era un trabajo pagado con dinero, sino con estatus, con la calidez de un hogar. Había "perros de guardia" (los más fornidos, los que ladraban con voz profunda a la luna), "perros falderos" (los abuelos y niños, que se dejaban rascar la panza y dormían a los pies de las camas) y "perros callejeros" (los que andaban en grupo y correteaban autos imaginarios).
Un Verano de Pelos
Ramón, a sus veintidós años, había vivido su **Verano Canino**.
Todo comenzó cuando Don Omar, el dueño del almacén y el "perro de guardia" más respetado, se torció un tobillo persiguiendo un fantasma de gato. Ramón tomó su lugar. Su primer encargo fue ser el guardián de la familia Pereyra, gente tranquila, de costumbres fijas.
"Tienes que ser un dóberman, Ramón," le había instruido la señora Pereyra. "Fiel, intimidante y de ladrido seco."
Ramón se lo tomó en serio. Sus jornadas eran extenuantes:
* **A la mañana:** Se sentaba en la vereda y aullaba un poco para marcar territorio cuando pasaba el único camión de reparto.
* **Al mediodía:** Tenía la obligación de "correr" al cartero. El pobre Néstor ya estaba acostumbrado. Ramón se lanzaba a la carrera y Néstor, sin siquiera acelerar la bicicleta, gritaba: "¡Buen perro, Ramón! ¡Buen dóberman!". Ramón lo perseguía hasta el límite del pueblo y luego regresaba con la lengua afuera, sintiendo el glorioso ardor en los pulmones. Una vez, en su euforia, le mordió (suavemente, por supuesto) el ruedo del pantalón, y Néstor le tiró una galleta de agua.
* **Por las noches:** El gran desafío. Debía caminar a cuatro patas por los pasillos de la casa Pereyra, oliendo el aire para detectar intrusos y, a la menor sombra o crujido, soltar un **ladrido gutural**. El problema era que el "ladrido gutural" de Ramón, al principio, sonaba más a tos de fumador. Le tomó semanas perfeccionarlo hasta que sonó como una amenaza digna.
Una tarde de calor, agotado de cavar (simulando un perro que quiere enterrar un hueso) en el patio de los Pereyra, Ramón estaba tomando agua en un tazón de metal. A su lado, el Tío Rubén, un hombre de setenta años que era el "perro salchicha" de la familia Gómez, se estaba refrescando.
Ramón suspiró, sacudiendo la cabeza. "Che, Rubén, estoy agotado. Siento que el cuerpo me pide otra cosa."
Rubén, que solo movía la cabeza a modo de cola cuando le hablaban, se quedó quieto.
Ramón se inclinó y le susurró al oído (porque los "perros" de Villa Pardo solo hablaban entre ellos en privado):
"Mirá, **amigo perro**, estuve pensando... me voy a la capital, a **Buenos Aires**."
El Tío Rubén alzó la ceja.
"Sí, sí," continuó Ramón, "voy a probar suerte. Lo que pasa es que... mirá que allá **no creo que se labure mucho de perro**."
El Tío Rubén solo hizo un ruido con la garganta, como un gruñido melancólico. Ramón sintió un nudo en la garganta. Dejar la vida perruna era difícil, pero la capital lo llamaba.
La Ciudad y el Repartidor
Ramón llegó a Buenos Aires con una valija y su mejor "ladrido de guardia" en reserva.
Rápidamente, se dio cuenta de que su habilidad más pulida no le serviría de mucho en la ciudad. Así que hizo lo que hacen todos los provincianos: se puso a trabajar. Fue lavacopas en un bodegón, mozo de barra en un *after-office* (donde tuvo que reprimir el impulso de ladrar a los clientes borrachos), y ayudante de cocina, donde, por costumbre, se inclinaba para comer las sobras.
Finalmente, consiguió un trabajo más estable: **repartidor de soda** en un viejo camión.
Una tarde, mientras subía los pesados cajones de vidrio por las escaleras de un antiguo edificio en San Telmo, escuchó una voz.
"¡Hola! ¿Un sifón más, por favor?"
Era **Clara**. Una mujer con un aire a pintura antigua, rodeada de libros y con el pelo revuelto. Abría la puerta de su departamento.
Ramón, con el peso del cajón y la costumbre perruna, en lugar de contestar un simple "Sí, señora", hizo un sonido de esfuerzo que se pareció mucho a un **"¡Guau!"**.
Clara lo miró, luego al sifón, y sonrió. "Ay, perdona la hora. ¿Te dejo propina por el esfuerzo extra? ¡Parece que vinieras jadeando!"
Ramón se sonrojó hasta las orejas, sintiendo el pánico de ser descubierto como un ex-perro.
"No, no, está bien," dijo rápidamente, tratando de sonar lo más humano posible. "Solo... la subida. Es pesada."
Clara se acercó, lo ayudó a dejar el cajón y lo miró con interés. "Eres nuevo por acá, ¿verdad? No te había visto antes."
"Sí, señora. Vengo de Villa Pardo," contestó Ramón, sintiendo que le temblaban las manos.
Ella ladeó la cabeza. "Villa Pardo... nunca escuché. ¿Es lejos?"
"Es... diferente. Es un lugar donde a la gente le gusta correr mucho," bromeó, sintiéndose más cómodo.
Esa fue la primera chispa. Ramón siguió siendo el repartidor de soda, pero cada semana, el intercambio con Clara se hacía más largo. Hablaban de libros, de la ciudad, y de la extraña paz de los pueblos chicos. Ramón nunca mencionó la falta de perros en Villa Pardo, temiendo arruinar el encanto.
El Final Feliz
El amor floreció. Ramón dejó el trabajo de repartidor de soda por algo más estable, y al año, se mudó con Clara.
Una noche, en su acogedor departamento, Ramón se sintió abrumado por la felicidad. Por fin había encontrado su lugar en el mundo, muy lejos de los ladridos nocturnos y las persecuciones al cartero.
Clara estaba en la sala, leyendo. Él se acercó a ella.
"Clara, tengo que contarte algo," empezó Ramón, con voz grave. "Cuando vivía en mi pueblo, yo..." Dudó, incapaz de decir la verdad.
Clara dejó el libro y lo miró con cariño. "Dime, mi amor. ¿Qué pasa?"
Ramón no pudo más. Cayó de rodillas junto a ella y, por la inercia de la costumbre, puso su cabeza sobre el regazo de Clara, soltando un largo y profundo suspiro de alivio.
"Yo... yo era perro," murmuró.
Clara sonrió. No se sorprendió, o al menos no de la forma en que Ramón había temido. Ella simplemente dejó su mano sobre su cabeza y comenzó a **rascarle la nuca** justo en el lugar que sabía que lo relajaba.
"Lo sé, mi vida," le dijo con dulzura. "A veces te quedas dormido y mueves el pie como si tuvieras una pulga."
Ramón se quedó inmóvil, sintiendo la caricia, la paz del hogar. Levantó un poco la cabeza para mirarla, con una expresión de asombro y alivio.
"¿Y no te molesta?"
Clara se rió. "Ramón, eres el mejor compañero que podría pedir. Me esperas en la puerta cuando llego del trabajo, me traes las pantuflas, y si pongo música clásica, te echas a mis pies. Eres el hombre más leal que conozco."
Y así fue como Ramón de los Llanos, el ex-dóberman de Villa Pardo, el lavacopas y repartidor de soda de la gran capital, finalmente encontró su verdadero destino: ser el compañero amado y, sí, **la mascota personal** de su mujer en Buenos Aires, a salvo de los carteros, pero siempre listo para el afecto, con un buen "ladrido" de felicidad reservado solo para ella.
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