La Aspiradora de Cronos
La vida de Elías era un metrónomo de rutina. Cada sábado, con la misma precisión que el sol se ponía, dedicaba la tarde a la limpieza de su modesto apartamento. Pero este sábado no sería como los demás. Al encender su vieja aspiradora, una Nilfisk de segunda mano que había rescatado de un mercadillo, notó algo peculiar. El polvo, las migas de pan y aquel pequeño clip de papel que se había caído bajo el sofá no llegaban a la bolsa. Simplemente… desaparecían. No había una obstrucción; la bolsa estaba vacía. Era como si el aire succionado se extendiera en una **planicie inmensa**, sin principio ni fin, un lugar donde lo aspirado no se acumulaba sino que se disolvía en la nada.
Una punzada de intriga, tan aguda como inesperada, le recorrió. ¿A dónde iba todo? La curiosidad, esa misma que, según decían los viejos mitos, había abierto cajas y puertas, se apoderó de él. Después de varios intentos fallidos por desentrañar el misterio del aparato, Elías sintió un impulso irracional. ¿Y si él mismo...?
Con el corazón latiéndole como un tambor chamánico, tomó una bocanada de aire y, cerrando los ojos con fuerza, acercó la boquilla de la aspiradora a su pecho. El zumbido se intensificó, un rugido que lo envolvió. Sintió un tirón violento, una sensación de compresión y estiramiento al mismo tiempo, como si su cuerpo se disolviera en un hilo, estirándose a través de un vacío. De pronto, el zumbido cesó, reemplazado por un bullicio lejano, olores a especias y heno, y el calor abrasador de un sol desconocido.
Abrió los ojos. Había dejado atrás su apartamento moderno para encontrarse en un mercado polvoriento y ruidoso. Ropas toscas, acentos extraños, la arquitectura de piedra antigua. Sin darse cuenta, su mano aún aferraba la aspiradora, un objeto anacrónico que ahora le parecía tan fantástico como una joya de otro mundo. Por un momento, pensó en el *Libro de Arena*, un volumen sin un anverso ni un reverso definidos, cuyas páginas surgían infinitas e inabarcables. Esta aspiradora era su propio *Libro de Arena*, pero en lugar de páginas, ofrecía épocas, un sinfín de tiempos y lugares que se desplegaban ante su boquilla.
Decidió experimentar. Aspiró el aire con el simple propósito de "moverse". El zumbido lo llevó a las calles adoquinadas de la Roma imperial, donde vio a un orador con toga arengando a la multitud. Luego, a la corte de un faraón egipcio, donde el Nilo brillaba bajo un sol inclemente. Después, un salto a las heladas estepas siberianas en plena Edad de Hielo, donde los mamuts pastaban indiferentes a su presencia. Cada vez, el viaje era un breve vértigo, una disolución y recomposición. La aspiradora no le permitía elegir destino con precisión, era más bien un "salto al azar" en la vasta planicie del tiempo, pero Elías intuyó que cuanto más aspirara un lugar, más se arraigaría en él.
Finalmente, una aspiración más fuerte lo depositó en un sendero de tierra batida, rodeado de olivos, bajo un sol intenso. La vestimenta de la gente, sus sandalias, sus túnicas, y el idioma arameo que escuchaba, le confirmaron su ubicación. "Galilea", pensó, un escalofrío recorriéndole la espalda.
Fue entonces cuando lo vio. Un hombre robusto, de cabellos y barba recios, con una túnica sencilla, pescaba en la orilla del lago. Hablaba con un tono de voz fuerte, pero lleno de una humildad sorprendente. No había duda. Era **Simón, a quien Jesús había llamado Pedro**.
Elías se acercó, la aspiradora oculta en la espalda. "Maestro...", comenzó, sintiendo el peso de la historia. Pedro lo miró con ojos interrogantes, pero bondadosos.
"¿Buscas a Jesús?", preguntó Pedro, con una voz que sonaba a sal y mar.
"Sí, y algo más", respondió Elías, sin saber bien qué decir.
"Él está enseñando cerca de Magdala, pero hay disturbios", dijo Pedro, su frente frunciéndose. "Unos zelotes, exaltados por los rumores de un Mesías político, están causando problemas. Creen que Jesús debería liderar una rebelión contra Roma."
Elías sintió un nudo en el estómago. La historia no hablaba de un conflicto directo con Jesús por parte de zelotes violentos en ese período temprano, pero era verosímil. Los zelotes eran una facción que anhelaba la liberación judía del yugo romano a través de la acción armada, y la popularidad de Jesús podría haber sido malinterpretada.
"Debemos ir", dijo Elías, sintiendo una urgencia que no le pertenecía.
"Vamos, pues", asintió Pedro, tomando su cayado. "El Maestro siempre busca la paz, pero su mensaje a menudo se confunde."
Caminaron hacia Magdala. Elías, con la aspiradora bajo el brazo, sentía la tensión en el aire. Al llegar a la plaza del pueblo, el caos era evidente. Un grupo de hombres, con dagas ocultas en sus ropas, rodeaba a Jesús, que hablaba con calma, intentando apaciguar los ánimos. Un zelote en particular, un hombre alto y con cicatrices, levantaba la voz, acusando a Jesús de ser un "falso profeta" por no llamar a la insurrección.
"¡Si eres el Mesías, empújanos a la guerra! ¡Danos la señal!", gritaba el zelote.
Jesús, con una serenidad asombrosa, intentaba razonar, "Mi reino no es de este mundo. No he venido a traer espadas, sino la paz del corazón."
Pero las palabras de Jesús, para el zelote, solo avivaron la ira. El hombre se abalanzó, no para herir a Jesús, sino para arrastrarlo, para forzarlo a una confrontación, quizás a una demostración de poder que los zelotes pudieran usar.
Fue entonces cuando Elías actuó. Rápidamente, encendió la aspiradora. El zumbido atronador, inesperado y tecnológico, detuvo a todos en seco. El sonido era tan ajeno, tan perturbador, que los zelotes se quedaron paralizados, mirando el extraño objeto en las manos de Elías.
Aspiró con fuerza. Elías no apuntó a los hombres, sino al suelo entre ellos y Jesús. Una ráfaga de polvo y pequeñas piedras fue succionada con una fuerza inusual, creando una distracción momentánea y un pequeño remolino de tierra. El zelote, desorientado, tropezó.
Pedro, aprovechando el instante de confusión, se interpuso entre Jesús y el agresor. "¡Basta!", gritó, su voz retumbando. "No mancilléis la palabra del Señor con vuestra violencia. Su mensaje es de amor, no de sangre."
La sorpresa por el aparato, la intervención de Pedro y la imperturbable calma de Jesús desarmaron la situación. Los zelotes, confundidos y sin saber cómo reaccionar ante aquella "máquina del diablo" que zumbaba, se dispersaron lentamente, murmullo.
Jesús miró a Elías con una sonrisa gentil, como si la aspiradora no fuera lo más extraño que hubiera visto en su vida. "La paz sea contigo, amigo", dijo.
Pedro, limpiándose el polvo de la túnica, miró la aspiradora con una mezcla de curiosidad y temor reverencial. "Un aparato extraño, pero útil", comentó. "Eres un hombre de recursos."
Elías sintió que su misión había terminado. La aspiradora lo había llevado a un encuentro insospechado, a un momento que reescribiría, para él, una parte sagrada de la historia. Se despidió de Pedro con una reverencia, la aspiradora lista para el último viaje.
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De vuelta en su apartamento, el sol se ponía como siempre, pero el mundo de Elías ya no era el mismo. El clip de papel que había aspirado al principio apareció misteriosamente sobre su mesa de centro. Comprendió que la aspiradora era un portal, un "Libro de Arena" de épocas que, una vez cerradas, dejaban solo un rastro, una impresión en la memoria, el eco de lo vivido.
Al día siguiente, llevó la aspiradora a un taller de reparaciones, de esos atestados de aparatos rotos. La dejó en el mostrador, pagó por una "revisión general" que nunca tendría, y se marchó. Sabía que entre las miles de aspiradoras olvidadas, la suya se perdería, fusionándose con el anonimato de la obsolescencia, nunca más regresaría. Su secreto estaba a salvo. Y Elías, el hombre de la rutina, ahora caminaba con la certeza de haber visto la arena del tiempo disolverse bajo sus pies.
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