El Último Suspiro de Aquel que Lo Había Visto Todo: La Triste Historia de Monsieur Émile
Él no tenía nombre, o mejor dicho, tenía demasiados. En los archivos de la Iglesia, figuró como **Émile de Valois** a finales del siglo XVI. En Venecia, se hizo llamar Marco, un comerciante de especias. En el Tíbet, fue un monje anónimo. Pero para sí mismo, era simplemente **El Observador**.
Su calvario comenzó alrededor de 1520. Émile no era un sabio, sino un alquimista de poca monta en París, un charlatán que buscaba oro y terminó encontrando la **inmortalidad** a causa de un error de cálculo con el mercurio y un conjuro robado a un excéntrico armenio. De pronto, fue un punto fijo en un mundo de arena movediza, la roca inmutable ante la ley de **Heráclito**; ese filósofo griego que gritaba que nadie se baña dos veces en el mismo río. Pero Émile sí. Se bañó en el Sena, el Nilo y el Riachuelo cientos de veces, y ni el río, ni él, cambiaron lo suficiente para que la experiencia fuera novedosa.
Los primeros cuatro siglos, como él mismo admitía con un bostezo mental, fueron una fiesta. Vio caer imperios, el nacimiento de la sinfonía, el vapor, la electricidad y la estupidez humana. Pero, como advirtió **Borges** en su cuento de los trogloditas inmortales, la vida sin final es solo una acumulación de tedio, donde cada hecho se vuelve una copia pálida del anterior. La única cosa que lo molestaba realmente era la ausencia de la Muerte, esa **posibilidad de la catástrofe** que, paradójicamente, le da sentido al vivir.
Pero la pérdida más cruel no fue la Muerte, sino el **Amor**.
La inmortalidad había despojado a Émile de toda urgencia romántica. ¿Para qué "perecer por amor," como decían los poetas, si él no podía perecer por nada? La intensidad de la pasión está directamente ligada a la brevedad de la vida, al riesgo de la pérdida. Él no perdía nada. Conoció y compartió intimidad con incontables mujeres: nobles, campesinas, artistas, científicas. Todas eran bellas, curiosas, apasionadas... y **fugaces**. Para ellas, él era un misterio atractivo; para él, ellas eran capítulos de un libro que ya había leído mil veces.
No podía enamorarse porque la lógica de su existencia lo impedía. El amor mortal es un pacto de mutua destrucción, un vértigo compartido. Émile solo ofrecía la promesa de verlas morir mientras él seguía igual. Su corazón se convirtió en un museo de recuerdos, una fría bóveda sin la más mínima **inquietud** o necesidad de entregarse a una llama que sabría, de antemano, que se apagaría solo para ellas.
El hastío lo empujó a la última de sus aventuras: la búsqueda de su mortalidad perdida. No la halló en una poción, sino en un lugar desolado de la estepa asiática, donde había hallado el elixir. Una anciana, la única guardiana viva de aquel conocimiento, le dio la solución: la renuncia activa a su esencia. Un ritual simple, doloroso, que revertía el proceso y lo devolvía al rebaño humano.
Émile aceptó con la resignación de quien finalmente encuentra la llave de su celda.
Sintió el cambio como un puñetazo en el alma. La vida, de pronto, se sintió **frágil**, llena de bordes afilados. La visión del futuro se redujo a unas pocas décadas y, por primera vez en siglos, sintió **miedo**.
Volvió a morir en la cama de un hospital moderno. El tiempo había pasado, el mundo era irreconocible, pero su final era el mismo que el de todos.
Mientras su pecho se detenía, en ese último parpadeo entre el ser y el no-ser, su mente se liberó del tedio de la eternidad. La fría lógica que lo había preservado se disolvió.
Y entonces, en ese instante final, Émile no recordó un imperio caído, ni una gran invención, ni un siglo de tedio. Recordó la curva de una sonrisa, la calidez de una mano sobre su rostro y la certeza fugaz y absoluta de que **una vez, en el breve espacio de una vida, amó**.
Y Émile de Valois, el Observador, murió.
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