El propósito



Ricardo despertó sin la claridad de un propósito, solo con la necesidad imperiosa de encontrarlo. Las **calles porteñas**, al amanecer, eran un lienzo gris y prometedor. Dejó el amparo de su pensión y se perdió en el deambular sin rumbo, cada paso un interrogante. Cruzó una calle de **adoquines** y sus ojos se detuvieron en la cicatriz antigua de la ciudad: unas **vías de tranvía** olvidadas, mudas testigos de un tiempo que ya no era.


Esa visión lo golpeó con la fuerza de una revelación absurda. Como un moderno **Ulises**, cansado de la normalidad y hambriento de una gesta que fuera solo suya, decidió que su **destino** no era algo a buscar, sino algo a crear. Y su obra cumbre, su gran locura que le generaría la pasión y la intriga que tanto anhelaba, sería esperar a que aquel tranvía regresara. Sabía que era imposible, que las ruedas ya no chirriaban sobre ese acero desde hacía décadas, pero la inutilidad de la tarea le daba una belleza épica.


Se sentó en el **cordón de la vereda**, justo donde el poste de luz proyectaba una sombra corta. Encendió un cigarrillo y fijó la vista en el horizonte de los rieles.


Al principio, los vecinos solo notaron al nuevo vagabundo. Pero pronto, la persistencia de Ricardo —su pose inmutable, su mirada fija— despertó la curiosidad. Se paraban en el umbral de sus casas, a horas distantes, a mirar al "loco del tranvía". Las **viejas de la cuadra**, con el pragmatismo compasivo de Buenos Aires, comenzaron a acercarle un mate cocido, un trozo de pan, un vaso de vino. Lo hicieron con timidez al principio, luego con una tierna aceptación de su excentricidad.


Algunos, más directos, se acercaron:

—Pibe, es al dope que esperes. No pasa más. Hace como treinta años que no pasa.

Ricardo solo sonreía, un gesto sereno que decía: **"Yo sé lo que hago"**. Su destino no era tomar el tranvía, era **esperarlo**.


Pasó el primer día, la primera noche, con el olor a humedad y asado de medianoche. Luego el segundo. Ricardo fumaba, comía en el cordón, y cada tanto se levantaba, perdido en algún profundo pensamiento sobre el vacío o la existencia. Pero si se alejaba más de diez metros, un súbito pánico lo hacía regresar corriendo: ¿Y si justo en ese instante, pasaba de largo? No podía permitírselo.


A la tercera noche, la luna era un anzuelo plateado en el cielo oscuro. Ricardo se adormilaba, el cuerpo dolorido, cuando un sonido lo taladró. Un **chirriar** metálico, lento, profundo. Un sonido imposible. Abrió los ojos de golpe y miró a lo lejos, donde las vías se fundían en la oscuridad.


Y sí. Allá venía, con un farol amarillento y una silueta familiar. El **tranvía** se acercaba, traqueteando y balanceándose, venciendo el tiempo y la lógica. Los **ojos de Ricardo se pusieron vidriosos**, no de tristeza, sino de la realización más pura que había conocido. Había desafiado lo imposible, y lo imposible había cedido.


El tranvía se detuvo justo frente a él. La puerta se abrió con un soplido de aire viejo y un **señor trabajador**, con gorra de visera y rostro cansado, se asomó desde la cabina.


—¿Sube? —preguntó, con una naturalidad que ignoraba los tres días de espera y los treinta años de ausencia.


Ricardo se levantó, sintiendo el peso de su cuerpo y la ligereza de su alma. Miró el interior cálido del tranvía, el destino tangible que se le ofrecía. Tomó una bocanada de aire profundo, el olor a aceite y electricidad vieja llenando sus pulmones.


Y entonces, con una sonrisa aún más grande que la de su primer día, dijo, simplemente: **"No, gracias. Ya no"**.


El señor del tranvía asintió sin sorpresa, cerró la puerta y la máquina fantasma siguió su camino, el chirrido alejándose hasta volverse el silencio original.


Al llegar la mañana, Ricardo se sacudió el polvo, dejó el cordón y caminó con paso lento, pero firme, de regreso a su pensión. No llevaba un pasaje, pero sí había completado el viaje.


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## Reflexión


**El destino no es un punto de llegada, sino la intensidad con la que se vive la espera.** Ricardo no quería el viaje en tranvía; quería la **pasión**, la **intriga** y el **propósito** que su absurda espera le generaban. Al negar el ascenso, afirmó que el verdadero logro no era tomar el tren, sino la **fe inquebrantable** que hizo que el tren llegara. Su destino era la obra, no la recompensa. Comprendió que a veces, encontrar el camino no consiste en seguir las vías, sino en sentarse junto a ellas hasta que la realidad se doblegue a la fuerza de tu voluntad y tu singular locura.

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